Puno, 22 Junio, 2017

 

The Legend of Zelda: Breath of the Wild

Cuenta la leyenda que cuando Shigeru Miyamoto era un niño, su visión del mundo era sumamente creativa y fantasiosa —justo como lo demostró años más tarde—. En esa distante época, en las lejanas tierras de Kyoto, Japón, el pequeño salía a explorar los bosques, praderas y cavernas a las afueras de su hogar.

Mientras imaginaba que estaba descubriendo un mundo mágico, lleno de maravillas. Décadas más tarde esa emoción que sentía y su asombro por lo desconocido se transformaron hasta materializarse dentro de The Legend of Zelda, la saga cuya esencia ha trascendido generaciones al dejar que cada uno de nosotros, al igual que él, nos sumerjamos en una fantasía épica, misteriosa y sorprendente.

Darme el tiempo para recordar con nostalgia los orígenes de la franquicia no es mero capricho de fan, es fundamental para entender la identidad de Breath of the Wild y saber por qué Nintendo tomó tantas decisiones que, a simple vista, parecían un nuevo y arriesgado rumbo para The Legend of Zelda. Pero sobre todo es imprescindible para comprender el grandioso potencial que ha tenido la franquicia desde sus inicios. Desde los primeros minutos que experimentas esta nueva entrega, puedes notar las incontables analogías que existen con el primer juego para NES. Y es que aún si muchísimas cosas han cambiado desde la edad de los 8-bits, hay un elemento en el que ambos juegos, el original y este último, son extremadamente similares: en darnos libertad de explorar libremente —con restricciones mínimas— casi cada rincón de Hyrule desde el inicio, sin llevarte de la mano, poniendo a prueba los límites de tu habilidad e intelecto a cada paso, pero, sobre todo, desafiándote de principio a fin a intentar cosas nuevas. Es una aventura hacia lo desconocido que te provoca emoción y te maravilla incluso después de 30 o 50 horas de juego.

Breath of the Wild es, sin lugar a dudas, el juego más completo y complejo que existe en la vida de The Legend of Zelda, tanto, que la etiqueta de mundo abierto es insuficiente para describir su naturaleza, pues más allá de las libertades de exploración, el concepto del juego se basa en lo que descubres al recorrer cada recoveco del mapa y en la infinidad de cosas que puedes hacer. De hecho, me atrevería a decir que esta versión postapocalíptica de Hyrule es el protagonista principal, mientras que Link es simplemente el hilo conductor de la trama. No me malentiendas, el héroe es eje de la narrativa en todo momento, pero su relevancia se diluye ante un vasto y asombroso mundo con mucha personalidad; de imponentes montañas a extensas praderas o, por otro lado, laberínticos desfiladeros e intrincados cuerpos de agua, éste es un lugar más realista y complejo que cualquier otro que nos han presentado con los Zeldas anteriores.vSeré muy honesto. Hasta hace unos días, antes de tocar Breath of the Wild por primera vez, tenía serias dudas acerca de lo que Nintendo iba a hacer con un sandbox. Cada Zelda tiene elementos del género, pero ésta es la primera vez que se cumplen todos los requisitos. Por fortuna bastaron un par de horas para demostrar que esos temores estaban injustificados, pues este mundo abierto está cuidadosamente confeccionado, con el mismo nivel de detalle que el resto de la franquicia. Aunque, debo decir que esas primeras horas fueron un cóctel de emociones: asombro por la majestuosidad, breve desesperación al no saber hacia dónde ir, satisfacción conforme fui adaptándome a las severas reglas de supervivencia, temor de que las libertades de exploración dieran pie a una experiencia de juego menos pulida —al menos en comparación con otros Zelda— y, al final, tranquilidad al darme percatarme que si bien cada persona experimentará algo único, todo lo que hay en Breath of the Wild fue preparado minuciosamente para crear reacciones específicas.

Y es que aún si los elementos caricaturescos, tiernos y juguetones de todo Zelda están presentes, hay una madurez en el concepto que rompe con los estándares, aunque no sólo de la franquicia, sino del género en términos de ambientación. Todo lo que hay en el mundo tiene toques realistas: los animales reaccionan de una manera creíble conforme a tus acciones y las de los enemigos, la temperatura del ambiente puede afectar tu desempeño o incluso aniquilarte —por ejemplo, el frío gélido va quitándote corazones a menos que encuentres una forma de elevar tu calor corporal—, hay ciertos esfuerzos físicos que puedes hacer sólo por breve tiempo debido a que Link no es un ser todopoderoso con resistencia ilimitada, en fin, la ejecución del mundo es grandiosa e impecable. Claro que, no sólo se trata de ambientación, sino de posibilidades, pues la interacción es más profunda y para ejemplificar, la comida suele darte beneficios adicionales cuando la cocinas, así que ¿qué sucede cuando incendias un árbol con manzanas? Recibes instantáneamente mejores bocadillos. Cuando lanzas un arma hacia un enemigo desarmado y no le atinas, éste puede recogerla para atacarte, o puede morir repentinamente por culpa de un relámpago si ambos están bajo una tormenta. Casos como estos te motivan a experimentar y poner a prueba las reglas del mundo. Después de hablar un poco acerca de las generalidades del juego, vamos a lo concreto. Al ser un sandbox, la estructura de Breath of the Wild te deja decidir la dirección hacia dónde llevarás tu aventura. No hay restricciones acerca de cuáles lugares debes visitar primero e, incluso, hay rumores de que puedes enfrentar a Ganon casi desde el inicio, siempre y cuando tu habilidad y mucha suerte lo permitan; yo lo intenté, pero morí unas 25 veces antes de darme cuenta que la zona final es progresivamente más difícil, al punto de que sólo un speedrunner podrá vencerla sin haberse equipado adecuadamente. Pero la posibilidad existe y no hay un diseño restrictivo que te quite la gloria de acabar el juego en un par de horas, cuando lo normal es que te tome entre 50 y 60 horas. Ahora bien, conforme recorres el mundo tienes que buscar dos tipos de estructura si es que deseas progresar a tu personaje: unas gigantescas torres que además de ser posición estratégica para la exploración te dejan ver el fragmento del mapa en el que se encuentran y, por otro lado, los santuarios.

En Breath of the Wild los templos (dígase calabozos) son tan gigantescos y complejos como en Majora’s Mask o Wind Waker, pero existen en menor cantidad. A cambio de esa “escasez”, el juego ofrece una versión ultra compacta, llamados santuarios, que se componen de 2 o 3 habitaciones. En su interior tendrás que resolver un par de acertijos o vencer enemigos, los cuales usualmente son ingeniosos, pero no excesivamente desafiantes. A mi parecer hay una especie de tributo indirecto a Portal, incluso en la estética, los colores y el ingenio detrás de estas microzonas. Pero sin importar si sólo estoy imaginando la referencia, es un hecho que los santuarios son un gran complemento de la exploración, pues hay cientos de ellos esparcidos en todo Hyrule y la recompensa por vencerlos es una perla que te sirve de moneda para incrementar las habilidades de Link (los corazones y su medidor de resistencia).

Afortunadamente no estás condicionado a conseguir un item para resolver los acertijos, pues de inicio ya llevas lo necesario; desde que comienza la aventura te dan habilidades básicas (dos tipos de bombas ilimitadas, un rayo magnético con el que puedes mover objetos metálicos, el poder de congelar momentáneamente ciertas cosas en movimiento y, por último, la capacidad de crear pilares de hielo sobre cualquier superficie acuática). Puedes usar cada una para interactuar con el mundo durante la exploración de maneras muy divertidas e ingeniosas, o incluso en el combate. Una táctica clave al atacar grupos grandes es lanzarles una bomba, no le bajará tanta vida a todos —ya que algunos tienen protección contra explosiones—, pero hará daño general y los desconcertará durante algunos segundos, algo perfecto para un ataque sorpresa. Que, de hecho, llegar repentinamente al combate es uno de los aspectos más gratificantes del juego, pues hay muy diversas formas, entre las cuales se incluye la paravela, una especie de ala delta con la que puedes sobrevolar tras brincar desde un lugar elevado y que es una herramienta fundamental en la exploración; mientras vas bajando puedes activar el arco, hacer un par de disparos en cámara lenta y volver a usar la paravela, para continuar el descenso y terminar con un ataque repentino contra otro enemigo.

Redes Pachamama (Fuente: Levelup)