La identidad ayacuchana no solo se sostiene en su pasado milenario, sino también en su capacidad de adaptarse a los cambios sociales y culturales. Uno de sus rasgos más visibles es el bilingüismo, una convivencia cotidiana entre el quechua y el castellano que se expresa con especial fuerza en la música, el arte y las celebraciones populares. Para Carlos Pérez Sáez, esta dualidad lingüística no es un obstáculo, sino una fuente de riqueza cultural.
Otro factor clave en esta transformación ha sido el crecimiento demográfico de la ciudad, especialmente a partir de la violencia política de los años 80 y 90. La migración forzada de poblaciones rurales cambió la fisonomía urbana y cultural de Ayacucho. Nuevos barrios se formaron con familias provenientes de distintas provincias, que llevaron consigo tradiciones, costumbres y formas de organización comunitaria. Este proceso se refleja con claridad en el carnaval ayacuchano. Lo que antes era una celebración reducida y elitista se ha transformado en una fiesta masiva, diversa y visible en toda la ciudad. Si bien la profesionalización y la comercialización han modificado algunas prácticas tradicionales, el carnaval sigue siendo un espacio de afirmación cultural. Hoy, más que una simple festividad, representa un escenario donde Ayacucho reafirma su identidad y su capacidad de reinventarse sin perder sus raíces.
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