La ancestral danza Wifala de Putina, declarada Patrimonio Cultural de la Nación en 2013, despliega su magia en la Fiesta de la Candelaria con imponentes bloques de danzantes que transforman el estadio en un espacio místico. El antropólogo Aldo Rojas revela que esta manifestación cultural convierte a sus ejecutantes en intermediarios entre el ser humano y las fuerzas de la naturaleza.
Los danzantes, ataviados con trajes en blanco y negro que evocan al halcón Alqamari, avanzan con pasos vigorosos mientras entonan el ancestral grito «wifay». Sus movimientos circulan por avenidas y chacras, como si alimentaran con su energía a los cultivos próximos a brotar.
La fuerza telúrica de esta expresión cultural transporta a los espectadores a la época de los incas y pre-incas. Los bailarines portan banderas llamadas wifalas, elementos inseparables del grito «wifay», que simbolizan vigor, triunfo y regocijo en esta celebración tradicional.
Esta manifestación artística conserva diversos enigmas en su estructura. Los movimientos representan tanto las prácticas ancestrales de caza de animales como la fertilidad agrícola y ganadera del altiplano puneño.
El nombre Alqamari no solo hace referencia al halcón representado en los trajes, sino también al Apu principal de Putina. Esta montaña sagrada es considerada protectora y benefactora de la región según las creencias locales.
Los pobladores utilizan esta danza como medio de comunicación con sus deidades tutelares. La Wifala permite a los participantes revivir su historia y mantener viva la conexión con sus raíces culturales.
El investigador destaca que esta expresión artística despliega toda su magnificencia ancestral en las calles y el estadio de Puno durante la Fiesta de la Candelaria. La danza constituye un puente temporal que permite a las nuevas generaciones contemplar y comprender sus orígenes.
