El historiador René Calsín Hancco nos lleva a explorar los orígenes del carnaval chico, una festividad arraigada que se celebra en Juliaca cada 20 de enero. En sus palabras, nos sumergimos en la riqueza de la historia detrás de esta celebración.
En sus explicaciones, Calsín Hancco nos revela que este carnaval tiene sus raíces en épocas prehispánicas, antes de la llegada de los españoles. Las festividades se regían por el calendario andino, marcado por la astronomía y la agricultura. Con la llegada de los españoles, estas tradiciones se fusionaron con celebraciones católicas, como la fiesta de la Candelaria y el Corpus Christi.
El carnaval chico rememora una danza ancestral realizada por machos y huacas en la época prehispánica, adoptando el nombre de San Sebastián en la colonia. En el siglo XX, surgieron las diabladas, que aún forman parte de la festividad. El cerro Huajsapata, considerado un lugar sagrado, es el escenario de esta celebración.
A lo largo del tiempo, el carnaval chico ha evolucionado, incorporando comparsas folclóricas y bandas de músicos. Sin embargo, sus raíces ancestrales permanecen vigentes, reflejadas en rituales como la wilancha a la pachamama. La población espera con ansias esta festividad que rememora rituales incas en torno a la agricultura y la fertilidad.
Para los juliaqueños, el Carnaval Chico es más que una celebración, es una insignia de identidad. Esta festividad expresa la habilidad del pueblo para conservar su legado cultural, fusionando tradiciones católicas e incas. Un sincretismo que se manifiesta en una celebración declarada Patrimonio Cultural Inmaterial de la Nación.
