El Perú registra 253 suicidios en lo que va del 2025, una cifra que supera ampliamente los 207 casos del mismo periodo en 2024, esta situación alerta a la población y autoridades, especialmente en regiones como Puno que reportan 14 casos, lo que refleja un problema creciente que requiere atención urgente.
Según el Sistema Nacional de Defunciones, Sinadef, Lima lidera con 52 suicidios, seguida por Arequipa con 39 y Cusco con 24, mientras que Puno y Piura presentan igual número de casos, 14 cada una, datos que muestran que el fenómeno afecta tanto a la capital como a regiones del sur y norte del país.
El Ministerio de Salud informó que solo en enero de este año atendió 445 casos de lesiones autoinfligidas, de los cuales 316 correspondieron a mujeres y 129 a varones, lo que indica que la autolesión es un problema que afecta con mayor fuerza al género femenino y que puede ser un indicador previo a conductas suicidas.
El Minsa señala que el 90% de los suicidios están vinculados a trastornos psiquiátricos como la depresión y la ansiedad, pero también reconoce que factores sociales y económicos, como la violencia familiar y el desempleo, influyen decisivamente en la decisión de quitarse la vida
La ideación suicida no suele ser un acto impulsivo, sino el resultado de un sufrimiento prolongado que muchas veces no recibe la ayuda necesaria, esta realidad resalta la importancia de contar con redes de apoyo y servicios de salud mental accesibles para la población vulnerable.
El país cuenta con cerca de 63 mil psicólogos colegiados, sin embargo, muchos no trabajan en atención clínica directa, sino en áreas como psicología forense o educativa, lo que limita la disponibilidad de profesionales para atender casos de salud mental en la comunidad.
Perú tiene aproximadamente 185 psicólogos por cada 100 mil habitantes, una cifra inferior a la recomendada por la Organización Mundial de la Salud que sugiere entre 220 y 250 especialistas para cubrir las necesidades básicas, esta brecha dificulta el acceso a tratamiento oportuno para quienes sufren trastornos emocionales.
La falta de atención especializada agrava problemas como la ansiedad, la depresión y la violencia familiar, afectando especialmente a niños y adolescentes, cuando estos trastornos no se tratan a tiempo, pueden dejar secuelas profundas en el desarrollo emocional y social, lo que impacta en la calidad de vida de muchas familias.
