La rebelión de Túpac Amaru II, iniciada el 4 de noviembre de 1780 en el Cusco, se extendió por gran parte del altiplano peruano-boliviano y dejó más de 100 mil muertos. Las principales víctimas fueron mujeres, hombres y niños de comunidades quechuas y aymaras, afirmó el historiador e investigador Néstor Pilco Contreras, en el marco del aniversario del asesinato de este héroe nacional, ocurrido el 18 de mayo de 1781.
En entrevista con Razón Libre de Pachamama Radio, el historiador explicó que el movimiento se prolongó hasta 1783 y 1784. Además, sostuvo que la rebelión provocó una militarización permanente en el sur andino y el despojo sistemático de tierras campesinas.
Según indicó, familias criollas como los Echenique, Roselló y Dianderas consolidaron haciendas sobre territorios indígenas usurpados con el respaldo del poder colonial. Añadió que este proceso afectó gravemente a las comunidades originarias del altiplano.
Silenciamiento, reivindicación y ciclo de rebeliones en el surandino
Pilco Contreras señaló que la rebelión de Túpac Amaru II tuvo una trascendencia continental, aunque durante mucho tiempo fue silenciada en la historia oficial. “Fue un movimiento de gran importancia que en determinado momento de nuestra historia quedó relegado”, manifestó.
Asimismo, indicó que durante la etapa republicana la figura de Túpac Amaru II permaneció minimizada, mientras personajes criollos como Hipólito Unanue ocuparon el centro del relato histórico. Recién en el gobierno de Juan Velasco Alvarado, en la década de 1970, fue reconocido oficialmente como héroe nacional.
El historiador también recordó que, tras el levantamiento, se prohibieron costumbres andinas y la enseñanza del quechua en universidades coloniales como Universidad Nacional Mayor de San Marcos.
Señaló que el despojo de tierras y la violencia estructural originaron nuevas rebeliones, como las de los hermanos Angulo, Juan Bustamante Dueñas y Teodomiro Gutiérrez Cuevas, y que estas demandas continúan vigentes en el sur andino hasta la actualidad.

